Pepe Mujica sobre El País y El Observador: “pobre pueblo, que tiene que soportarlos”

En una nueva edición de Espacio para pensar: Reflexiones de José Pepe Mujica, el expresidente Mujica retomó la reflexión sobre las noticias falsas y la desinformación. Nombres contemporáneos, en tiempos de Internet y conversación digital, para un problema de toda la vida: la prostitución de la prensa, la lamentable incapacidad para el trabajo intelectual de determinados grupos de periodistas y los medios de comunicación al servicio de los más poderosos, engañando y buscando generar malestar en las comunidades, a través de la mentira, la edición y el engaño, con el objetivo de consolidar poder político.

Para Mujica, ese viejo problema de la construcción del poder mediante los medios de comunicación, que trascendió la esfera pública y los cafés del siglo XX para irrumpir en lo más profundo de la esfera privada, poniendo mentiras en nuestra mesa de luz y en nuestros bolsillos las 24 horas, todos los días de la semana en el siglo XXI, es una de las tantas «contradicciones que tienen que sufrir los pueblos». Es decir, lo que Pepe define como el «bombardeo sistemático» de las mentiras… esa estrategia con tanto olor a Goebbels.

Mujica opinó sobre la desinformación que constantemente promueven El País y El Observador «Tal vez nuestro pueblo tenga que sufrir muchas contradicciones, pero la más penosa de esas contradicciones, son las verdaderas infamias que tiene que soportar por ese bombardeo sistemático de algunos grandes medios que se dedican a tomar partes, deforman, sacan de contexto las noticias.

Y en estos días dio una afirmación genérica por el tremendo acoso que por todas partes se hace cuando ruedas de periodistas preguntan sobre el debate presidencial. Nosotros, que siempre hemos mantenido una manera de pensar, de apostar a lo colectivo, a los partidos —no porque los individuos representativos no tengan importancia, sino al revés, porque a la larga lo que cuentan, en una democracia representativa, es la vida y el valor de los partidos, que viven mucho más que los partidos, y es obvio que los hombres y las mujeres pasamos y las causas quedan.

En ese marco, planteando estos problemas, les surgió la especulación de que estábamos criticando a Martínez por el asunto del programa: ni por asomo nos referíamos ni a Martínez ni a Lacalle, pero es lo que les convenía sacar. Y sacan de contexto nuestra crítica, que más que crítica es el señalar un hecho contemporáneo, que además tiende a darse en el mundo, desacreditando a la política partidaria, y minimizando el papel que cumplen los partidos y lo colectivo.

Y a partir de las andanadas periodísticas, esa nube de pequeños politólogos que anda por ahí… que se gana la vida como puede, que repiten, repiten y repiten sin ponerse a averiguar, sin desconfiar, sin trabajar… obviamente, esto que estoy afirmando no incluye a Bottinelli, que con su perspicacia, naturalmente ve mucho más lejos. Pero esto no es lo corriente, esto es una parte. Pero quien lea la página editorial de El Observador, hoy (por el pasado 19 de noviembre), va a ver que, con bombos y platillos, saca una nota “muy especial”, de un señor de por ahí lejos —es una nota traducida— y se señala que es “especial para El Observador”. Y este señor afirma, de cuerpo gentil, que “los progresistas”, al parecer del mundo, “son apátridas”, que “están contra la soberanía nacional”, que los progresistas “no creen en el papel de la familia”, que son “naturalmente globalizadores”… les falta decir “que pretenden arrancarles los hijos a la gente para educarlos no se sabe cómo”. Aquellas viejas monsergas de que se iban a llevar a Rusia, de hace unos años.

Señala por ahí cosas como esta (textual): “que la ‘ley moral’ es el camino establecido por Dios, etc. etc.”. Y, tras cartón, más adelante, critica a los progresistas por subjetivos. Parece que, para él, no hay progresistas que crean en Dios, que quieran a su país, que quieran a sus familias… no.

Las afirmaciones de subjetivismo dan risa porque es para afirmar aquello: “el muerto se asusta del degollado”. En realidad, de una señora, al parecer de Italia y con bastantes problemas (tendría que decir “tal vez un poco rayada”), saca conclusiones a partir de actos de estupidez y los generaliza peyorativamente. Termina, remata esta nota “espléndida”, diciendo: “en verdad, el progresismo es un opio para los pueblos”.

Lo más interesante de esta nota, por el lugar junto al editorial donde se puso, es (y vuelvo a repetir: publicado en un lugar preferencial) indirectamente desnuda una especie de edición de odio soterrado, oscuro, que anida en esta fuente informativa.

Es por esto que tengo que señalar: pobre pueblo, lo que tiene que soportar con este periodismo que no solo es sectario, sino que suele caer por una lado en ordinarieces, pero además por economía y por estilos bastante atorrantes, porque ni preguntan ni averiguan y escriben no más, libremente, sin ninguna clase de pudor o responsabilidad.

Pobre, pobre pueblo que tiene que soportarlos.