Los riesgos democráticos del populismo y la demagogia

“Las narrativas falsas generan incertidumbre y confusión,
después surge la post verdad y se convierte en lo que queremos creer”.
Gina Sibaja Quesada, politóloga costarricense.

Hace 20 días se reunieron en Quito, Ecuador, un conjunto de politólogos y sociólogos para analizar las tendencias en comunicación política que se registran en el continente.

Advirtieron una serie de fenómenos, como la demagogia, la virulencia potenciada por las redes sociales, el populismo, las fake news, y otros elementos.

En ese marco, una de las conclusiones que se pudo advertir siguiendo las exposiciones a través de Internet, fue el riesgo democrático que conllevan esos fenómenos.

La politóloga Laura Chinchilla –que fue presidenta de Costa Rica, por un partido conservador- dijo que “el surgimiento de la industria de la interferencia” como las fake news y la micro-focalización –empleada por Trump y Bolsonaro- generan problemas en los sistemas democráticos.

Algunos investigadores están hablando de que las democracias liberales –tal como las conocemos y que están extendidas en el mundo- no están dando satisfacciones a distintas demandas que plantean los ciudadanos. Esas demandas –de diversos tipos, como por ejemplo los problemas severos en los modelos de convivencia- se exacerban en tanto las opiniones de la gente se visibilizan intensamente y los partidos y dirigentes políticos sienten que los reclamos están on line, a golpe de Twitter.

Frente a ese clima, los dirigentes políticos ensayan diversas estrategias que bordean o se zambullen abiertamente en la demagogia y el populismo.

Veamos estos tres ejemplos en campaña electoral.
Hace 3 años Mauricio Macri propuso “la revolución de la alegría” y un país con “pobreza cero”. Casi por la misma época, en Estados Unidos, Donald Trump potenció en su discurso la necesidad de aumentar la presencia de Estados Unidos en el mundo y que iba a construir un muro, con dinero mexicano, que marcara la frontera entre los dos países. “Tomen nota de lo que digo”, dijo.

En tanto, algo más reciente, Jair Bolsonaro en Brasil, hizo una gran campaña realizando diversos tipos de promesas. Una muy fuerte que iba a combatir el “comunismo” dentro y fuera de fronteras y que iba a dar un combate sin tregua a los delincuentes.

En cada uno de ellos se observa que parten de una lectura adecuada de la realidad: cada uno advierte cuales son las demandas y para construir poder y obtener el gobierno, sus respuestas incursionan en promesas muchas veces irrealizables o llenas de contenido marketinero y por tanto vacías de realidad en tanto saben que no podrán cumplir con las promesas.

Ahora bien. Vayamos a la etimología de la palabra demagogia y allí nos encontraremos con algunos elementos interesantes.

La demagogia es un término del griego antiguo que proviene de dos vocablos griegos: δῆμος dēmos, que significa pueblo y ἄγειν agein, que significa dirigir. Por tanto, demagogia significa el arte, la estrategia o el poder para conducir al pueblo. Es una forma de acción política en la que existe un claro interés de manipular o agradar a las masas, incluyendo ideologías, concesiones, halagos y promesas que muy probablemente no se van a realizar, incluso con omisiones y con información incompleta, pretendiendo sólo la conquista del poder político a través de conseguir el apoyo y el favor del pueblo.

Se observa como validado que se busca engañar para capturar la voluntad de las masas y así obtener el poder.
La demagogia es una tentación. Es una herramienta de seducción.

Muchos políticos en el mundo la bordean, juegan con ella, la disfrazan o sencillamente la esgrimen en las campañas electorales sin vergüenza alguna y como la realidad les rompe la cara luego de obtener el poder, siguen ensayando respuestas demagógicas con el fin de entretener y desviar el incumplimiento de sus promesas.

Los peligrosos ejemplos.
En Estados Unidos, Trump es un interesante ejemplo a analizar. Trump y su equipo analizaron la realidad con meticulosidad y a partir de allí desarrollaron su estrategia de comunicación. Trump es un hijo de la televisión y la industria del entretenimiento. Sabe las pulsiones que existen en la sociedad y sabe como vincularse con ellas. Así fue a determinados Estados –con severos problemas laborales- y prometió empleos y un resurgimiento de las industrias. Otro día se manifestaba en favor del nacionalismo estadounidense, porque –aseguraba- el poder estadounidense en el mundo había caído con los gobiernos demócratas. Prometió un muro con México y limitar extremadamente el ingreso de migrantes. (Hace un año, un ex jefe del gabinete de Trump, dijo que las promesas se afirmaron en informaciones equivocadas).

A su vez, utilizó la Inteligencia Artificial para inundar de noticias falsas alineadas a su discurso.

No conozco estudios sobre el impacto positivo en su favor de esas estrategias de fake news, pero es claro que la agenda comunicacional pública fue inundada por esas prácticas. Trump se enfrentó a todos los medios relevantes de Estados Unidos, los combatió con otra agenda. Mientras el New Yor Times y la CNN hacían campaña en favor de Hillary Clinton, Trump les torcía el brazo con otra agenda y millones de trolls.

Trump ganó y ahora tenía que cumplir. Lo está haciendo a medias. En términos de empleo y resurgimiento de la industria, su política es exitosa. Sobre todo porque le devolvió impuestos a las empresas y aumentó su batalla comercial con países que compiten con Estados Unidos. Su promesa aumentar la presencia norteamericana en el mundo, está en discusión. Se retiró de Siria y luego de un intercambio de bravatas se reúne con Corea del Norte para realizar acuerdos. (Estos acuerdos, especulan en el gobierno de Trump, permitiría el desembarco de empresas estadounidenses en Corea del Norte en un mediano plazo. Eso esperan).

Pero su otro centro comunicacional demagógico –luchar contra los emigrantes y hacer el muro con México- tiene una realidad débil y es altamente probable que no se lleven a cabo. Más allá de la puesta en escena de detener a hombres, mujeres y niños que ingresan a este país, Estados Unidos necesita de los mexicanos y centroamericanos para tareas de bajo coste. La competitividad ellos la miden de esa manera: mano de obra barata en industria y servicios. No lo va a hacer, pese a ademanes marketineros en la frontera.

Con Macri y Bolsonaro se pueden sacar similares conclusiones. La “revolución de la alegría de Macri” se fue al diablo junto con millones y millones de dólares fugados de la Argentina, a caballo de una gran inflación y una enorme desindustrialización. Bolsonaro y su vigoroso discurso contra el “comunismo” y los “criminales” hace agua. La industria paulista y los militares brasileños le han puesto freno a la pretendida apertura de la economía y a las posibilidades de Brasil de colaborar militarmente en el derrocamiento de Maduro.

En su pretendido combate al crimen, nombró al Juez Moro como Ministro de Justicia. Por otra parte, en el mismo momento que asumió Bolsonaro, se supo de la respuesta de las bandas de delincuentes: en Ceará se concentraron los criminales, hicieron alarde de su poderío bélico y atentaron contra bienes públicos.

El pecado de la libertad.
Pero hay otro elemento importante que perturba las democracias. La libertad tiene sus pecados. En uso de la libertad de prensa, en diversos países se han realizado verdaderas campañas periodísticas contra la corrupción. Los operadores políticos y judiciales entregan informaciones a los medios, los medios la difunden –con más o menos frecuencia-, instalan un clima de corrupción extendida, la justicia actúa y luego –en algunos casos- son muy pocos los que van a la cárcel. Pero la sociedad –a la que se invitó a observar el show- se quedó con gusto a poco, porque el humor creado reclamó más presos en las cárceles. Pero no hubo tantos presos como se esperaba. Entonces, hubo gente que empezó a descreer en la democracia y en la justicia y en los políticos. (La encuesta Latinobarómetro, realizada en los países latinoamericanos, muestra un cierto desencanto de la gente con la democracia).

La democracia también se afecta construyendo narrativas que luego no pueden ser satisfechas. Con las campañas también se construye frustración.

Estas prácticas de demagogia y populismo se pueden observar en Uruguay.
Antes de mirar esas conductas, veamos algunos antecedentes. Queda dicho que la demagogia es un bichito que seduce usarlo. Voy a dar dos datos nada más. En 1985 asumen en Uruguay los legisladores de un nuevo parlamento, en el marco de la restauración democrática. En la primera semana, en la Cámara de Diputados, un sector del Frente Amplio presentó 8 proyectos de ley. Todos irrealizables. Puede decirse que estaban vinculados con la historia de ese partido y que tenían necesidad de vida de presentarlos. Luego sus legisladores insistían una y otra vez con esas iniciativas. Construían poder desde la demagogia.

Otro dato. En el 2004, el doctor Tabaré Vázquez dijo en reiteradas oportunidades en la campaña política que si lo iban a votar para que hiciera magia, no lo votaran. En verdad, en el Frente Amplio había preocupación de que se generara una expectativa mayor de las posibilidades reales de satisfacer.

El Frente Amplio estaba ganado por la denominada “cultura de gobierno”, una prédica del general Líber Seregni, en donde la demagogia no estaba instalada como práctica política.

¿Qué se observa en estos días?
En general, los políticos –experiencia de años más estudios de Opinión Pública- interpretan adecuadamente lo que pasa en la sociedad, en sus diferentes capas. Y en su afán de construir poder para alcanzar el poder, encienden los motores de la demagogia y el populismo.

El ejemplo más nítido es la propuesta del senador Jorge Larrañaga “Vivir sin miedo”. El legislador hizo dos cosas: leyó bien que existe intranquilidad en la sociedad por los hechos de violencia y que su figura política estaba en caída libre. Ante eso ensayó esta respuesta. Tanto leyó bien que mucha gente firmó por su propuesta, alcanzando 400 mil firmas. No es un dato menor.

El senador sabe que su propuesta no logrará lo que busca: más seguridad. Sabe que su propuesta logra otra cosa: levantar su alicaída simpatía en la masa electoral uruguaya.

Pero veamos qué pasa si Larrañaga es presidente y su propuesta finalmente se aprueba. La realidad lo va a pasar por arriba y no se detendrá que un comerciante muera en manos de un pastabasero que le robó mil pesos. Sabe que es irrealizable.

Ahora bien, ¿Qué pasa con la gente que confió sanamente en su propuesta? Se sentirá traicionada, engañada. Y Larrañaga optará por transitar dos caminos: 1) decidir que la herencia dejada por la izquierda es tan horrible que es imposible que de un día para otro cambie la situación, 2) A golpe de twitts –como Trump y Bolsonaro- trazar otra agenda de promesas para desviar la atención.

Ese es el problema de la demagogia y el populismo: incrementar así la desconfianza en los partidos políticos y fracturar el vinculo entre la gente y el candidato o gobernante. Eso es grave. Saludablemente, en este clima –en donde hasta aparecen murgas con ademanes demagógicos- aparecen muchos candidatos políticos y los partidos buscan revalidar su pacto con la ciudadanía; un pacto de confianza.

Pero ojo con la generación de expectativas por encima de las posibilidades, como si por arte de magia, se solucionen los problemas que la gente tiene o percibe, reales o no. Y si se fabrica la posibilidad real de cumplimiento y luego no se cumple, la masa se frustra. Y eso es grave.

Hace muchos años, una publicación estadounidense pero en español, Selecciones del Readers Digest, tenía una sección de una demagogia apabullante y muy atractiva.

Proponían: sea millonario de un mes; sea feliz en 10 clases, tenga los músculos de Míster Atlas con 15 ejercicios.
De última, era una fábrica de frustraciones porque aquellos incautos –yo por ejemplo- ejecutaba todos los ejercicios para ser como Míster Atlas y mis músculos seguían ahí: impávidos. Claramente, me frustraba.

La demagogia es hermana carnal del populismo. Esa enorme sombrilla ampara las mentiras, las fake news y las promesas fáciles.

Linng Cardozo
27 de febrero de 2019.