La ideología del sentido común

El sentido común está incrustado en nuestra cotidianidad. Salirse de ese libreto resulta doloroso y hasta violento y quien lo haga puede recibir la lapidaria frase: “vos no tenés sentido común”. Y así descalifica cualquier conversación posterior. “No tenés sentido común.”

¿Cuál es el sentido común en nuestro día a día? Mejor bien rico que pobre, mejor ganador que perdedor, mejor sano que enfermo y mucho mejor más lindo que feo.

Mejor no meterse con los militares, es otro mandato del llamado “sentido común”.

Parece claro que el sentido común es una construcción social. Una cosa dada, obvia; como viejos conocidos y sobre los cuales no hay objeción sensata alguna. Una cosa que ES.

“Pues así es –respondió Sancho– no hay sino obedecer y bajar la cabeza atendiendo al refrán…”, escribió Cervantes en Don Quijote de la Mancha.
Quizás los refranes sean la síntesis mayor del llamado “sentido común”.

Ahora bien. Vayamos a la época posterior a la segunda guerra mundial. Resulta evidente que la derecha estaba muy nítida en las sociedades y la izquierda también. Pero lentamente la izquierda en términos globales adquirió presencia y prestigio y en oposición la derecha cayó en el descrédito popular. Estaba muy asociada a las tropelías, al fascismo, a la explotación del hombre, etc. Recuerden que la revolución industrial apenas había ocurrido unos 60 años atrás.

Así la derecha comenzó a reciclarse. La izquierda siguió llamándose izquierda y la derecha –liberal o no- se pintó los labios, se maquilló y se calzó otras pilchas.

Nacieron algunos vocablos: soy apolítico. O también nació el centro: o sea, ni con unos ni con otros. Bien centraditos.

Todo eso se construyó. El lenguaje hizo patria. Primero fue el verbo.

Voy a citar a Hegel y para no espantar a la audiencia lo haré brevemente. Hegel cuestionó el sentido común de su época. En el siglo XIX cuestionó filosóficamente la religión y la sociedad. Criticó lo que venía dado como verdad.
De manera que este temita del sentido común no es nuevo.

A lo largo de los años, como la derecha tenía mala prensa, se “desplegó” –término empleado por Hegel en sustitución de “desarrollo”- el lenguaje del centro, del pragmatismo y del sentido común.

Ni hablar luego de la caída del Muro de Berlín, que impactó en las izquierdas del mundo, no solamente en los comunistas.

En ese clima, el politólogo estadounidense Francis Fukuyama lanza su libro El fin de la Historia y el último hombre. Fue en 1992, apenas tres años después de la caída del muro y con la URSS en sus últimos estertores. Fukuyama expone una polémica tesis: la Historia, como lucha de ideologías, ha terminado, con un mundo final basado en una democracia liberal que se ha impuesto tras el fin de la Guerra Fría.

En recientes declaraciones Fukuyama, parece desandar o reinterpretar o dibujar otra cosa. Aparecen las ideologías que en el 92 estaban perimidas. Hace pocas semanas dijo:

“Este discurso reaccionario de protegerse de la globalización –contra las emigraciones- y preservar la cultura nacional se ha extendido a partidos de izquierda y derecha, pero la derecha lo ha captado y aprovechado mucho mejor porque los grupos de izquierda están más comprometidos con los derechos humanos globales.”

Volvamos al sentido común.
Marta Riskin, es una antropóloga argentina, que investiga el discurso en los medios. Y como Hegel, ha trabajado sobre el “sentido común”.

Ha escrito que:

“El sentido común jamás fue neutral. A través de la historia, las ciencias sociales siempre reconocieron la funcionalidad del sentido común para perpetuar las relaciones de poder y las instituciones que las reproducen. Desde los inicios del siglo XIX, y con los medios masivos de comunicación acompañando las luchas por el control global de los mercados, se incrementaron sus aplicaciones. Aprovechando los viejos mecanismos silenciosos ya instalados en individuos y comunidades fueron reforzados los libretos –psicológicos, filosóficos, etc.– que mantenían a cada quien en el rol preasignado y ratificaban las sanciones a quien cuestionaba el guión. Recién empezaría a perder cierta autoridad con el señalamiento de contradicciones en refranes, textos literarios o de frases hechas que se reducían al ritmo y sonoridad de las palabras.”

Juan Sartori, precandidato del Partido Nacional, en unas declaraciones al programa En la Mira del periodista Gabriel Pereyra, dijo que era de “sentido común” adoptar algunas medidas en la gestión del Estado.
Veamos otro costado de todo esto, en donde las ideologías no cuentan, como decía en 1992 Francis Fukuyama. Pocos días después de la entrevista a Sartori, el senador Luis Lacalle Pou –en el acto de lanzamiento en la cancha de Wanders- dijo que no impiortaban las ideologías a la hora de ponerse a gobernar y convocó a los “socios cooperantes” para dirigir el gobierno.

Hay un proverbio africano que dice:

“La tormenta de arena pasa, las estrellas perduran”.

Bueno, ¿quién controvierte este proverbio?
Obsérvese: en el semanario Búsqueda de la semana pasada, Gerardo García Pintos, presidente de la Confederación de Cámaras Empresariales –que agrupa a todas las cámaras menos a la de Comercio- dijo, textual:

“somos mejores administradores que los uruguayos no empresarios. Nos pasamos la vida administrando. Y muchas veces al Estado lo que le falta es el sentido común de la buena administración; falta gestión”.

De ahí a un Estado Empresario como postuló Macri, hay un pasito. Incluso se vincula con algunas expresiones del senador Lacalle Pou.

Todo este lio del “sentido común” y la aparente no existencia de ideologías, trae unos problemas tremendos.

Mauricio Macri fue uno de los altos exponentes del “sentido común”. Cuando prometió “pobreza cero”, ¿qué estaba diciendo? Una obviedad: nadie se iba a pronunciar en contra de esa afirmación. Es de “sentido común” compartirla.

El problema del “sentido común” aparece cuando tenés que gobernar. Y ahí tenés que tomar decisiones, optar, dejar afuera a unos y dejar adentro a otros.

Dice Marta Riskin:

“El sentido común aún mantiene la adhesión de sus seguidores a pesar de sus legendarias contradicciones y dudosa asertividad. Registrarlo como ideología y fenómeno cultural no sólo permite identificar a los manipuladores de emociones, sino distinguir entre líderes y jefes de rebaños o entre quienes menosprecian la justicia y sus víctimas y rehenes. Muy especialmente, ayuda a repensar su vigencia como autoridad externa y abstracta para buena parte de la humanidad y recuerda algunas de sus múltiples funciones. En apretada y antipática síntesis para el orgullo humano, el más común de los sentidos apacigua la mamífera aversión a la incertidumbre y al cambio, legitima la inserción individual en la manada y provee otros ventajosos consensos y acuerdos sociales.”

Interesante.
Lo interesante además es comprender los orígenes del “sentido común” dominante ¿para qué? Para construir un nuevo sentido común, más amable, pacífico y solidario y que estimulará a otros, a aprendizajes, crecimientos y elecciones más interesantes.

Marta Riskin dice:

“A medida que crece la conciencia popular, la batalla cultural es inevitable. La experiencia histórica demuestra que si el sentido común es una construcción colectiva se convierte en responsabilidad y, tarde o temprano, cumple con las mejores esperanzas.”

“Sobre la voz monocorde de los medios hoy el sentido común se ha reciclado como ideología universal e instala al miedo y la soledad como respuestas; frente a ello la réplica debe ser la construcción colectiva del sentido.”

Pues, termina citando a Hegel que, a su vez, le entregó a Marx el método de la dialéctica. El mundo es redondo, otro aserto del sentido común.