La felicidad, ese territorio inconquistado entre el corazón y la tarjeta de crédito

La columna de hoy viene a cuento de varias cosas. Pero me detengo en una de ellas, ocurrida la semana pasada, y que detona una serie de reflexiones que en algún momento ya dibujé.

El tema es la felicidad, en el hoy, en el nuestros días, en nuestras peripecias de vida, nuestras historias y nuestras concepciones de vida.

Con esta definición, ya adelanto que muchos y muchas se frustrarán.

De cualquier manera y a riesgo de quedar pegado o incursionar por cuestiones un tanto frívolas, hablaré de la felicidad.

La semana pasada fue entrevistado por Montevideo Portal, el director del penal de Punta de Rieles, esa suerte de cárcel-pueblo tan destacada en el exterior y apenas apreciada por estos lugares.

La persona en cuestión de llama Luis Parodi. El periodista Checho Bianchi suele terminar sus entrevistas con la pregunta: “’¿sos feliz?”.

Parodi respondió: “Yo hace 27 años que estoy casado con la misma mujer, y la gente dice: ‘Este es un bohemio’. ¿Cómo un bohemio? Soy un conservador: tengo mujer, tres hijos, dos nietos. Soy feliz, sí.”

El mismo día, me mandan un archivo con declaraciones de Zigmun Bauman. Se trata de un sociólogo, filósofo y ensayista polaco-británico de origen judío, que se ocupa de las clases sociales, el socialismo, el Holocausto, la hermenéutica, la modernidad y la posmodernidad, el consumismo, la globalización y la nueva pobreza. Desarrolló el concepto de la «modernidad líquida», y acuñó el término correspondiente.

Junto con el también sociólogo Alain Touraine, Bauman recibió el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2010.

¿Qué destaco de lo que dijo Bauman? «En el mundo actual todas las ideas de felicidad acaban en una tienda».
Parece claro a esta altura que la felicidad es una construcción social y que la felicidad tiene su dimensión personal e histórica. Es tan importante la felicidad, que ha sido motivo de reflexiones de relevantes pensadores, como por ejemplo Arthur Schopenhauer, quien se atrevió incluso a escribir 50 reglas para la vida, en el arte de ser.

Otro pensador, más acá en el tiempo, hasta le cantó a la felicidad.

Muy bien, ahí aparece otra dimensión de la felicidad: el amor.

En todo caso, son dimensiones afines de la vida misma, aunque esas dimensiones tienen mucho que ver con un temita mencionado en la columna de la semana pasada, que es la psicología de las edades.
Quiero decir con esto que la felicidad, el placer, y el amor tienen directa relación con la edad que posee cada uno.

No es nada desdoroso o pecaminoso asumirse con la edad que uno tiene. Uno sabe, en esa cotidianidad, que cada edad nos brinda determinadas lógicas comportamentales.
Gabriel Rolon, es sicólogo argentino, con varios libros.

LA INSATISFACCION PERMANENTE

Tiene que ver con la angustia de la vida y qué hacemos nosotros, que no tenemos respuestas para todo, con esa angustia.

Parecería que el consumo está dando respuestas a la angustia contemporánea; parecería que con la tarjeta de crédito o de débito solucionamos este problemita de la angustia que es un poco más complejo.
A esa complejidad le aplico la “metáfora de la liebre”.

O sea: corremos la liebre toda la vida, algunos más cerca de la cola que otros, pero vaya desazón, jamás nunca la atraparemos.
Y la tarjeta de crédito ayuda a perseguir la liebre.

¿Recuerden a Bauman? «En el mundo actual todas las ideas de felicidad acaban en una tienda».

En su nuevo ensayo, Bauman, de 91 años, engarza la crisis de refugiados con la idea capital de su obra: la modernidad líquida. Es decir, cómo los pilares sólidos que apuntalaban la identidad del individuo -un estado fuerte, una familia estable, un empleo indefinido…- se han ido licuando hasta escupir una ciudadanía acongojada por la zozobra permanente y el miedo a quedarse atrás.

“La antigua forma de hacer las cosas ya no funciona, pero aún no hemos encontrado la nueva forma de funcionar. Así que hay un vacío entre las reglas que ya no sirven y las que aún tenemos que imaginar.”

La periodista le dice: Usted sostiene que hemos olvidado cómo ser felices.

Lo primero, he de admitir que hay muchas formas de ser feliz. Y hay algunas que ni siquiera probaré. Pero sí que sé que, sea cual sea tu rol en la sociedad actual, todas las ideas de felicidad siempre acaban en una tienda. El reverso de la moneda es que, al ir a las tiendas para comprar felicidad, nos olvidamos de otras formas de ser felices como trabajar juntos, meditar o estudiar.

Usted ha vivido en sociedades muy distintas, del comunismo al capitalismo, durante nueve décadas. ¿Cuál es la más parecida a una sociedad feliz que ha visto?

Me niego a contestar esa pregunta. Mi papel como pensador no es señalar qué es una sociedad feliz y qué leyes hay que aprobar para llegar a ese lugar, sino interpretar la sociedad, averiguar qué se esconde tras las reglas que cumplen sus ciudadanos, descubrir los acuerdos tácitos y los mecanismos automáticos que convierten las palabras en acciones concretas. En definitiva, ayudar a los ciudadanos a entender lo que ocurre para que tomen sus propias decisiones. Sí, entiendo que es difícil encontrar sentido a la vida, pero es menos difícil si sabes cómo funciona la realidad que si eres un ignorante.

Me detengo en este asunto del comunismo.

Un productor de este programa, me dijo: me imagino que vas a hablar de Carlos Marx. Fue una presión indebida de un joven pasante. A la sugerencia-orden agregó: “Carlitos, el padre de todas las cosas, nos dijo que la felicidad es un puente para conseguir el bienestar del conjunto de la sociedad a través de las políticas de Estado.”

Ya ven que todo funciona para la felicidad pública, esa de la que habló hasta José Artigas.

Sobre el Estado y la felicidad, voy a contar una anécdota sobre la Unión Soviética, en donde parece haberse aplicado un modelo con bases en el marxismo o en una lectura de Marx.

Esta anécdota me la contó un dirigente comunista uruguayo que vivió el exilio en Moscú. Un día fue invitado por sus pares comunistas a visitar una fábrica. “Cuentele a los obreros como viven ustedes en Uruguay. Ellos acá tienen trabajo, atención de la salud, casa, todo. Y sin embargo no vemos entusiasmo por esas cosas”.

Parecería ser que la felicidad no viene de un Estado omnipresente, que ahoga la iniciativa personal.
Como el pasante me dijo, el Estado puede apalancar con sus políticas el desarrollo personal, pero sin la aventura individual no hay felicidad posible.

INTERNET Y LA FELICIDAD

Desde que irrumpieran las redes sociales hace una década, el modo en que nos relacionamos con otras personas ha cambiado. Si no hace tanto, hablar con un familiar que se encontraba en el extranjero era una odisea e implicaba dejarse parte del sueldo en el proceso, ahora es posible hacerlo desde cualquier parte del mundo y a cualquier hora de manera gratuita, siempre que se disponga de una conexión a Internet. También es posible saber cómo le va a ese amigo del colegio al que hace años que no ve, y a aquel compañero de trabajo del que se acabó distanciando.

Está claro que ahora nos relacionamos más, tenemos más amigos (aunque sean virtuales), pero ¿es eso lo mejor para nuestra felicidad?

Sherry Turkle, directora en el MIT de la “Iniciativa para la tecnología y el yo”, asegura en su libro Juntos pero solos: ¿Por qué cada vez esperamos más de la tecnología y menos de nosotros mismos? (2011) que «aunque estemos conectados de manera continua, nos sentimos cada vez más solos y nuestro miedo a la intimidad crece a marchas forzadas»

Una larga lista de amistades nos hace sentir importantes; un reducido grupo, felices. Es lo que prefieren los más inteligentes. Y los expertos les dan la razón.

El bar Facal, aquí en Montevideo, fue escenario hace pocos días de un encuentro entre la precandidata a ser candidata a vicepresidenta por el Frente Amplio, Graciela Villar, y la ingeniera Carolina Cosse.

Un periodista del diario El Observador, titulo la foto: Café La Unidad.
En su cuenta de twitter, el bar Facal tituló: “Menos Google más café”.
Aludió así a las declaraciones de Cosse que dijo haber buscado información en Google sobre Graciela Villar.

En la bodega Zubizarreta en Carmelo hay un cartel que dice: “Menos Internet, mas Cabernet”.
Pues bien: quizás la felicidad esté en un café o en un vino compartido y no en las tarjetas de crédito.

Linng Cardozo
17 de julio de 2019