El empuje autoritario en el mundo y sus reflejos locales: Manini, hijo de la debilidad de blancos y colorados

Capítulo 2. Manini, hijo de la debilidad de blancos y colorados.

En el capítulo 1 reseñé algunas claves de lo que ocurre en muchos países del mundo a partir de las transformaciones asombrosas que se están viviendo.

Dije que las democracias que conocemos –liberal y representativa- parecen no estar dando satisfacciones a nuevas demandas.
Allí aparecían cuatro claves de preocupación y que alfombran ese ascenso autoritario y conservador.

Ellos son: la emigración, el terrorismo, el empleo y la jubilación.

Si hay una palabra que los resume es “inseguridad”. Nadie está seguro –en países desarrollados o no-, nadie está seguro de estar libre de un ataque terrorista, nadie está seguro de su empleo y de su jubilación, actual o futura, dije en el capítulo primero. Cuando uno habla de “inseguridad” también habla de “seguridad”. Por lo tanto, dentro de este vocablo cabe todo lo relacionado con la violencia y la crisis del modelo de convivencia.

La tradición conservadora en Uruguay

Veamos algunas claves históricas en Uruguay, la evolución del pensamiento conservador y su incidencia en los partidos tradicionales.

El 30 de julio de 1916 se inauguró la democracia moderna uruguaya. Luego de un arduo proceso –revueltas montoneras lideradas por Aparicio Saravia-, apareció el voto universal y secreto masculino para elegir una Asamblea Nacional Constituyente.

El escenario era complicado. Todas las potencias, y especialmente Gran Bretaña, retiraron sus inversiones y sus depósitos de las periferias y bloquearon los créditos. En esa situación, el batllismo debía hacer frente al pago de los intereses de la deuda colocada en el mercado internacional para la compra del Banco Hipotecario. Debido a la crisis, la segunda emisión de la deuda no se pudo vender y no había fondos para pagar los intereses.

El batllismo fue tocado en su línea de flotación, y al año siguiente, además, cuando Europa entró en guerra, todas las opciones de crédito se cortaron definitivamente.

La crisis tuvo un fuerte impacto social. Batlle y Ordóñez se vio obligado a realizar un ajuste fiscal, que si bien gravó principalmente a las clases altas, no pudo evitar descargar una parte importante en el consumo popular. La inflación se disparó junto con la escasez, y la desocupación llegó a niveles altos. Para un país que vivía desde 1897 una onda de prosperidad, el impacto fue terrible. Y la sociedad responsabilizó al gobierno. (¿Se dan cuenta? Un Batlle con ajuste fiscal y desempleo y una ciudadanía que lo castiga).

La respuesta batllista a la crisis fue radicalizar su programa, en lo social y lo económico, espantando aun más a los sectores conservadores, pero sin lograr mantener el apoyo de las capas medias y populares. El colegiado transformó esa tensión social en tensión política.

En ese marco, Batlle y Ordoñez propuso un colegiado como forma de mantener poder.

Perdió. “Fue un grave error. Batlle y Ordóñez le regaló una bandera a la oposición conservadora, la bandera que estaba esperando luego de diez años de desorientación”, dijo el historiador López Dallesandro.

Aquí, en 1916, aparece un apellido interesante que suena por estos días, liderando los sectores conservadores del Partido Colorado: Pedro Manini Ríos. Llamó a su corriente Partido Colorado General Fructuoso Rivera, más conocido como “riverismo”, que tuvo a los diarios La Mañana y el Diario como sus voceros. La Mañana hoy es un semanario lanzado a la calle por Hugo Manini Ríos, hermano del general candidato.

El riverismo estaba integrado en un 63 por ciento por empresarios o dirigentes vinculados directamente a los grupos económicos.
Ahora bien, al riverismo de Manini Rios se sumó el Partido Nacional, liderado por Luis Alberto de Herrera. López Dalessandro escribió que “la reivindicación del clasismo, de la jerarquía, y sus reticencias frente a los derechos universales, perfilaron al nacionalismo como la opción conservadora y elitista de Uruguay.”

En esta época, el 83 por ciento de la dirigencia blanca tenía vínculos directos con los grupos económicos.
A los partidos conservadores pronto se sumaron la Asociación Rural del Uruguay, la recientemente fundada Federación Rural y las gremiales empresarias más importantes. Todas ellas conformaron lo que Batlle llamó “el contubernio”.

Finalmente llegó el día. Los colegialistas –batllistas y socialistas– obtuvieron el 42,61 por ciento contra el 58,12 del “contubernio”. Mitades que a lo largo de la historia uruguaya desde 1916 se continuarán dibujando, con algunas leves modificaciones.

Un estudio realizado por el Claeh, indica que si uno se mete en los detalles ideológicos de los partidos, las mitades progresistas y conservadoras permanecen. En algún momento, incluso, un segmento progresista del Partido Nacional votó fuera del lema. Con esos votos, los nacionalistas hubieran quebrado la hegemonía colorada.

Es interesante volver a 1916, al plebiscito sobre el colegiado. El voto reformista fue esencialmente urbano, montevideano, mientras que la opción conservadora se afincó en el Interior. Los sectores populares de la capital, así como los medios, apoyaron la propuesta batllista, mientras que en el Interior fue exactamente al revés. Las clases altas, en casi todo el territorio, votaron contra el colegiado, en favor de los conservadores.

En síntesis, el voto batllista y socialista coincidían con el centro capitalino, el inmigrante europeo, los sectores populares y de clase media urbanos y profesionales. El voto conservador era rural, de los propietarios, de los sectores populares originarios del Interior y de las clases altas. ¿Les suena este análisis si lo aplicamos hoy en este Uruguay?

La época del pachecato

En los años sesenta y setenta, el dibujo de las mitades continuó presentándose. Pero, crisis mediante, los partidos Colorado y Nacional comenzaron a perder trozos progresistas de sus respectivos cernos. Los más conservadores se quedaron en esas colectividades y los progresistas se alejaron conformando luego con segmentos de izquierda, el Frente Amplio.

Los sectores conservadores, autoritarios y reaccionarios se agruparon en esos partidos. En el Partido Nacional quedó una expresiòn progresista que liderò Wilson Ferreira Aldunate.

Siguiendo la matriz de análisis del Claeh, nuevamente en las elecciones de 1971 aparecieron las dos mitades: se suman a todos los conservadores en una mitad y se suma a Ferreira Aldunate mas el Frente Amplio y se constituye la otra mitad.

Pero en 1971 se da otro fenómeno: la aparición de reflejos autoritarios en todos los partidos. Todos los partidos presentaron militares como candidatos a presidente. Pareciò ser una respuesta a la crisis social, econòmica y política. Una suerte de ademàn a un reclamo de tranquilidad y paz. Y una salida a la profundidad de la crisis, era la mano dura, de cualquier signo.

En 1980, plebiscito convocado por los militares, nuevamente se insinuaron las dos mitades, al igual que en las elecciones internas de 1982.

Estas elecciones internas permitieron a los partidos fundacionales reconstituir el rastrillo: expresiones de derecha y progresistas conviviendo en un mismo partido.

La restauración democrática

En las elecciones de 1984, el dibujo insinuante de las mitades conservadoras y progresistas también se expresó. Pero la fortaleza del Frente Amplio –que resurgió desde las elecciones internas cuando el general Liber Seregni convocò a votar en blanco- impidió que el progresismo se presentara con fuerza en los partidos tradicionales.

Hubo esfuerzos de wilsonistas y batllistas de cercar al Frente Amplio o absorber al voto de izquierda, pero finalmente no lograron sus objetivos.

En todo este último tiempo, los partidos tradicionales mostraron expresiones de derecha que gracias a la ley de lemas supieron convivir con expresiones de otro tono.

Cada partido tradicional tenía su nicho reaccionario y conservador que luego hacìa pesar en la interna de cada partido.

En 1994 hubo un movimiento muy interesante. Julio Marìa Sanguinetti, a través de Yamandú Fau, conquistó a Hugo Batalla. Fue un guiño hacia el progresismo. Pero ese movimiento –ante la ausencia de ballotaje, que vino después- tenía un riesgo: perder votos por la manga derecha. Sanguinetti observó ese riesgo.

En un debate realizado entre Sanguinetti y Tabaré Vázquez por televisión, fue muy interesante observar la retòrica anticomunista de Sanguinetti. En cada bloque volvía y reiteraba su postura antimarxista.

Escuchamos un tramo.

Hace poco tiempo Sanguinetti explicó aquella posición. Dijo: “cuando Hugo vino con nosotros yo temía que las viejitas pachequistas se fueran del partido. Y les hablé a ellas”.

Queda claro que los partidos tradicionales ofertaban a derecha e izquierda pero que esa estrategia se acotaba.

Y llegamos al hoy. La aparición con fuerza del general Manini Rios expresa una debilidad de los partidos fundacionales para contemplar el voto conservador, autoritario y de las élites económicas del agro.

Como en 1916, un Manini Rios jaquea fundamentalmente al Partido Colorado. No es un hecho menor que García Pintos y Jorge Azar –otrora dirigentes pachequistas- estén ahora con Manini.

El asunto es que los partidos Colorado y Nacional –con la nueva legislación que permite un solo candidato a la presidencia por partido luego de las internas- pusieron en práctica una retórica centrista y se alejaron de la narrativa conservadora. Ese nicho de mercado quedó vacío. Y ahí se coló Manini. Se coló por la debilidad de blancos y colorados.

No es casual que los potenciales votantes del militar sean blancos y colorados. No es casual que la retórica de la seguridad y de la mano dura capture votantes en un clima donde algunos sectores de la sociedad reclaman autoridad o su versión mas enferma: autoritarismo.

Queda claro que cuando los partidos fundacionales perdieron la capacidad de que sectores diversos de la sociedad se sintieran identificados con ellos, los partidos perdieron incidencia. Ocurrió con segmentos progresistas y ahora con el costado conservador.

Hay otro fenómeno –apenas insinuado y que queda abierto para reflexionar en el futuro- y es lo que parece estar ocurriendo con el Frente Amplio. Esta fuerza política muestra un enorme abanico –una oferta electoral- que contempla a vastos sectores del progresismo y en su seno, por momentos, parece prevalecer una suerte de retórica de centro izquierda.

Es como un conjunto de ademanes para el centro desde una óptica progresista. En verdad, es una acción adecuada en tanto se lee adecuadamente la composición social y la ideología de la clase media, sobre la cual he hablado bastante. Ahora, este talante de centro izquierda, progresista, puede correr algunos riesgos. Por ejemplo que le pase lo mismo que a los partidos tradicionales: de tanto que se corran al centro, se pierde gente por la manga izquierda. Ya existen indicios, como la UP o el Peri.

Es curioso, este fenómeno, porque en tanto existen esas referencias a la izquierda del FA, perceptivamente en la ciudadanía se consolida un FA de centro izquierda.

Linng Cardozo.
25 de setiembre de 2019