Chavela Vargas, un canto desgarrado por la libertad

Chavela Vargas es un canto desgarrado por la libertad. Una voz que no necesita más acompañamiento que una guitarra para llevar a su público hasta las lágrimas. Una figura indómita y adelantada a su época que nació en Costa Rica —hace hoy un siglo—, pero se hizo mexicana.

La que conoció a todos y pagó como pocas la factura de la soledad. La que silenció con sus gritos a una sociedad que la llenó de críticas y después se rindió ante su genio sin igual.

Isabel Vargas Lisano nació el 17 de abril de 1919 en el recóndito pueblo de San Joaquín de las Flores, en la provincia de Heredia, en Costa Rica. Era una niña rara y rechazada, que había sido condenada a tener una vida insignificante en una finca en medio de la nada y que creció con la certeza de que nadie la quería.

Por eso Chavela vendió unas gallinas, una vaca y consiguió el dinero suficiente para subirse a un pequeño avión de hélice. Siete horas más tarde, aterrizó en Ciudad de México con una mano por delante y otra por detrás. Ella decía que había llegado a los 17 años, pero, como pasa con muchos otros pasajes de su vida, no se sabe con exactitud cuándo lo hizo. Su biografía asegura que en realidad fue por primera vez al país a los 13 años, pero que no se estableció de forma definitiva hasta los 20.

Fue cocinera, camarera, vendió ropa para niños y condujo los coches de familias de la alta sociedad antes de que despegara su carrera artística. Vivir del canto le tomó 20 años.
La voz de Chavela se hizo conocida de a poco y con el tiempo empezaron las primeras presentaciones en pequeños bares de la bohemia mexicana.

Sus inicios fueron turbulentos. Le pusieron un vestido escotado y tacones, pero pasó desapercibida. Le dijeron que nunca viviría del canto, que se diera por vencida. “Me propuse cantar diferente, yo sola, con mi jorongo y mi guitarra”, recordaba. “Canta como te salga del alma”, se repetía, sin importar que la llamaran marimacha por ponerse pantalones en un mundo de machos y vestidos escotados.
Y así nació un estilo inconfundible y desgarrador que la catapultó al éxito y a la fama en los dos lados del Atlántico. Nadie cantaba las rancheras como ella.

“Chavela Vargas hizo del abandono y la desolación una catedral en la que cabíamos todos”, escribió Pedro Almodóvar, su entrañable amigo. El director es tan solo un eslabón de una larga cadena de célebres amistades que contaban a la cantante como una de las personas más influyentes y queridas de sus vidas: huésped frecuente de Frida Kahlo y Diego Rivera, cómplice de parrandas y del alma de José Alfredo Jiménez, compañera de cumpleaños de Gabriel García Márquez y musa de Joaquín Sabina, entre muchísimos otros.

Dentro de su desparpajo, su sexualidad fue siempre un tabú. No fue hasta que superó la barrera de los 80 años que reconoció abiertamente que era lesbiana.

El alcohol, el catalizador que la impulsó en los primeros años, la borró del mapa durante los ochenta. Chavela aseguraba, desde la fantasía, haber tomado 43.000 litros de tequila durante su existencia.

No fue hasta que dejó de beber que pudo recobrar su carrera y su vida. Su resurgimiento se apuntaló en los noventa y se mantuvo con fuerza hasta los últimos días de su vida, hasta que el tiempo la venció.

Su vida se apagó el 5 de agosto de 2012. Pero el mito seguirá para quienes afectó su destino para siempre.

Chavela Vargas, un canto desgarrado por la libertad

A 100 años del nacimiento de Chavela Vargas, un canto desgarrado por la libertad.

Posted by M24 on Wednesday, April 17, 2019